La decadencia está prohibida en tu mente
La caída pierde altura por momentos
El templo del sol estalló
Nunca podre saber
Si la cruz es salvación – Decadencia, Héroes del Silencio
Cuando desperté, las calles estaban recubiertas de un colorcillo grisáceo, muy leve, que parecía crecer como la espuma del champán al salir disparado, con ese sonidito medio rico, ese pitssss suave y melodioso, que incita a beber y a pasar de la brillantez a la ebriedad. Era como una decadencia, y a lo lejos la calle parecía perder altura, como estalladas en salpicaduras de sangre. Yo veía desde la ventana pequeñita de mi cuarto, con ojos entrecerrados, oyendo de cuando en cuando el tictac cargante, insoportable, del reloj. Resoplé. Miré de nuevo por la ventana, atisbando los carros que se movían como carrozas funerarias, clamando desdichas y dolores, hacia quién sabe dónde. Uf, y recordé esa sensación de decadencia; no la que pertenece a la vertiente filosófica y literaria, me refiero a la otra acepción, a la triste y farragosa decadencia del ser que padece en hondura y holgura la pesadumbre rayana al deseo de suicidio. Una cosa así a medias. No me quité el pijama, ni procedí a lavarme o comer, no, sino que bajé en silencio, evitando que mi familia oyese, y caminé lento por el pasillo, yendo por la calle color gris, en la que entonces noté había humito, uno como una bocanada de humo de cigarro, pero más grande, combinado con algún linóleo de mal gusto. Plaf era el ruido de mis sandalias al chocar con la callecita mojada, y sentía cómo se humedecían, era incómodo, fastidioso. Seguí caminando, lento, no sé por qué, alejándome de los carros y buscando una acera segura, donde resguardarme en alguna techumbre oportuna, debido a que se avecinaba una llovizna, era obvio, pues el cielo poco a poco se fue nublando, a ese momento ya era todo manto de goma acuosa, y las primeras gotitas caían. Huf, sonaba cuando me calentaba las manos heladas, pero en vez de calentar más bien se evitaba el avance del frío, nada más. Me recosté contra una pared, no me fijé en ella, en cambio, miré con atención casi enfermiza la calle, que a lo lejos parecía perder altura, como en una lastimera decadencia humana, perpetua y purgatoria argumentación de maldiciones absurdas. Y me quedé quieto, ensimismado, viendo la calle al fondo y a la vez no viéndola, pues en realidad veía una calle distinta, que nacía de mi mente pensativa, abstraída. Me soné la nariz, maldito resfrío.
Proseguí la caminata, lenta, silenciosa, sin hacerle caso a la gente que pasaba a mi lado, lo más probable era que me viesen con miradas sorprendidas. Me detuve, de repente, ante una callejuela oscura, donde una mujer de cara algo deforme, y que parecía espejismo del trasluz acentuado, ojeaba con gesto de patetismo un escaparate. No sé la razón, pero fui a ella, como intrigado por algo en ese patetismo, similar a la decadencia al fondo de la calle, que poco a poco perdía altura, restallando, en llama mísera; era preciso ese gesto lo que me atrajo. No me vio, ni siquiera se percató, creo, de mi presencia. La observé con curiosidad, antes de tocarle el hombro y decirle algunas cosas, pretendiendo afabilidad:
-Hola –fue lo único que gesticulé.
Me miró, tenía ojos impasibles, pero a la vez parecían temer a algo, no sé a qué. Se mordió el labio inferior y aspiró calmosa, respondió como autómata:
-Hola.
-Voy a serle directo –dije, con cierta rotundidad, ella se alarmó, pero la calmé y seguí-: Usted tiene algo que me llama la atención, no de una manera morbosa o burlesca, sino de manera algo curiosa, verá –no sabía cómo expresarme, intenté lo mejor que pude-, usted tiene algo en su gesto, en su mirada, que es muy potente. Es una fuerza particular, que parece decir al mundo sus carencias, sus dolores, esa decadencia y sus foscos clamores –era un verso de poesía, que extrañamente salió de mí. Callé.
-Poesía –murmuró-. Usted parece un joven inteligente. No sea tímido, exprésese correctamente –tenía tono severo, como de profesora.
Asentí.
-Bueno, es que sus ojos parecen reflejar algo que yo veo, y debo decirlo o enloqueceré. Es esa calle, de allí, vea; siento como si fuera perdiendo poco a poco altura, precipitándose al vacío, triste, como una decadencia humana. La apoteosis de la miseria. Es extraño, lo sé.
No contestó en el acto, sino que se quedó pensando, en silencio, luego alzó la mirada y puso una sonrisa, rara, como amable y al mismo tiempo ruda. Su tono de voz oscilaba entre lo dulce y lo amargo, forcejeando.
-No es extraño –dijo-, pero sí lo es. Lo extraño suele ser lo más simple, y lo más simple lo más extraño –filosofó-. Fíjese atentamente en esa calle que menciona, en realidad sí pierde altura, desciende, y si ve al fondo, notará la rampa que parece perdida en un hoyo de sombras y tinieblas… Es todo un símbolo, es difícil de entender, mas es fácil de captar –noté que tenía cariño a las antítesis.
Allí ocurrió el suceso más insólito; me levanté de nuevo, vi a la calle, y, al fondo, perdido entre neblina matutina, se recortaba la silueta de un cementerio. La calle era exactamente igual, bajando poco a poco, perdiendo altura, llegando a un punto muerto donde estallaba y se encendía el fuego de hielo que laceraba al ser, en esa insufrible decadencia y ese insoportable patetismo. Y ese cementerio, descanso colmado de trabajos, y placeres repletos de sinsabores, era retrato simbólico del adentrado camino que la humanidad seguía; sendero hacia su perdición e invariable descenso al vacío, entonces pasó otro hecho insólito; un carro que iba descendiendo por la calle, de súbito, se detuvo y dio media vuelta, siguiendo en cambio una ruta que avanzaba por una calle vieja y donde crecía nueva vida. Me di cuenta; la decadencia puede ser terrible, pero siempre hay otra ruta, a veces escondida, y la humanidad puede encaminarse a cualquiera, solamente depende de a cuál la guíes. En nuestros fueros internos, tenemos el control. Al final, si salía bien, podíamos sacar el champán y oír su pitssss delicioso, asomarnos a la calle y ver otra vez ese camino que decidimos no seguir.
