Escribir en pasado.

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Escribir en pasado.

Notapor JesúsRICART » Lun Mar 02, 2009 6:59 pm

Escribir en pasado. Los tiempos del verbo escrito.
El género diarístico pone su propia naturaleza del día a día que va relatando está obligado a hablar en presente. La crónica, que es otra cosa, cae en la trampa de hacerlo. Su narratividad puede confundir al combinar los distintos usos de los tiempos según el momento preciso en que se están describiendo hechos. Cuando se cuenta algo del mismo día se suele utilizar la conjugación en presente como si de un ahora se tratara, cuando se cuenta algo que ha sucedido recientemente ayer, hace dos días, tres, se suele utilizar la conjugación en pasado inmediato; cuando se cuenta algo que sucedió hace ya bastante tiempo se utiliza el pasado lejano. No hay una regla precisa que marque la frontera de esos tres tiempos. Es la subjetividad de autor que la pone, pero esa misma subjetividad depende de su psicología sensorial y de la presencialidad o lejanía que siente de los eventos ante sí. La construcción verbal maneja el ahora, el antes y lo antiguo. El ahora es lo más fácil de definir, los tiempos pasados admiten licencias en cuanto a reactualizarlos según lo que se rescate de ellos. El relato y por tanto la crónica, que no deja de ser una variante, combinan distintas conjugaciones en tiempos verbales complementarios: la misma página puede ver el uso del presente y el uso del pasado según a lo que se esté refiriendo exactamente. Hablar de alguien en pasado no quita pasarlo al presente en atributos que se estima que sigue teniendo.
En el registro ordinario de la crónica de lo que sea, un viaje con variación rápida de los espacios y de las experiencias, algo que ha sucedido solo ayer puede parecer que ha pasado ya mucho tiempo. La sensación de tiempo pasado crece proporcionalmente a la secuencia rápida de acontecimientos. Eventos del mismo día que han sucedido por la mañana pueden antojarse lejanísimos sintiéndose como si hubieran sucedido la semana o el mes anterior. A un ritmo ordinario de acontecimientos con una dinámica rutinaria la sensación habitual es el de ponerle verbo a los tiempos con un presente de un umbral mayor. Hay una propiedad del evento que lo convierte en pasado lejano: algo ya sucedido y completamente superado tras el paso de un cierto tiempo no predecidido ni escrito. Eso depende de la subjetividad del relator o de quien transmite la experiencia. En el juego de la oratoria cuantos más registros verbales de tiempos conjugacionales se tengan aplicados a una misma historia más se identifica el auditorio con lo relatado como si estuviera presenciándolo. La genialidad del rapsoda o del cuentista es la de hacer vivir aquello para lo que solo está usando la palabra. Sabemos que la palabra es el mayor generador de imágenes superando sobradamente la tecnología más sofisticada para la captación de instantáneas. El uso voluminoso de la palabra es el que usa un amplio registro de proyecciones. El personaje de una historia dentro del mismo relato cobra brío y se le reactualiza según el uso de los tiempos. Se le rescata de una antigüedad para traerlo a colación como si estuviera compartiendo la misma sala de la explicación oral. En el desarrollo escrito, la genialidad expresiva pasa por hacer sentir lo que un autor retrata o desea transportar desde la misma fuente de contacto con ello, porque lo haya vivido en primera persona, a un lugar remoto años después para conseguir transmitir esa misma sensación. Si bien escribir pasa por la creatividad, escribir de esa manera transportando las sensaciones a través de las décadas, consiguiendo que la persona que lo lee se deje transportar por el imaginario de aquel y su fuerza expresiva, tiene la fuerza genial de lo único. Una crónica sirve para contar experiencias que han sido documentadas en primera persona para beneficio de otras personas que no las han vivido o tal vez no las vayan a vivir nunca por limitaciones personales. El dominio de la herramienta de trabajo (el lenguaje en un idioma concreto) es lo que permite hacer maravillas. Hay algo de una complicidad pretendida entre la fuente emisora (la que escribe o habla) y la posición receptora (la que escucha o lee). La intriga pasa por no decirlo todo del lado de la primera no por la clásica técnica recursiva del suspense sino por comprobar con que decirlo todo va en contra de la excitación imaginaria de quien lo recibe. Además, se pierde mucho tiempo en eso. Si se manejan referencias o datos que no están al alcance de su comprensión, eso puede empujar a dos actitudes completamente distintas: una, provocar la deserción de la lectura, dos, preseleccionarla contando con lectores/as dispuestos a entender todo hasta el final, acudiendo a recursos complementarios de informaciones o léxicos especializados para entender completamente lo que está leyendo. Que un autor no contacte con un tipo de lector o al revés que este no le guste aquél porque lo intentó leer en alguna ocasión y no pasó de las primeras páginas o líneas solo significa lo que significa. Ni todos los autores son para todas las lecturas ni todos los lectores tienen que tener interés para todos los lectores. Desde la posición lectora se elige a veces lo que viene a reconfortar lo que ya se tiene. También hay posiciones autoras que en lugar de investigar desde la literatura, reproducen un tipo de letras de ventas aseguradas con perfiles de consumidores pre-conocidos. La literatura presentada es también precocinada sin ser construida pensando en la emoción directa.
El uso del pasado lejano como predominante en un proceso de relato que hable del ayer no quita tampoco acudir al tiempo presente con aquellas ideas o hechos de antes que siguen siendo vigentes. También se salta al presente haciendo transcripciones de diálogos hipotetizados o verificados que se hicieran entonces. No hace falta decir que los usos condicionales y de futuros también pueden contribuir a la ensalada. Cuantos más tiempos verbales mas necesidad atencional habrá para no perder el hilo de la historia no sabiendo de qué momento se está hablando. Esta actitud atencional es necesaria para cualquier otro registro expresivo. También para los distintos personajes que tomen el relevo de la platilla de yoes en juego. Basta poner un segundo pronombre personal que coexista con el primero para que el relato se complique, mucho más con un tercero o con un cuarto y con los demás.
En el momento de escribir esto estoy escribiendo la crónica de Un Viaje Existencial en la que he manejado distintos tiempos verbales hasta posicionarme más establemente en la conjugación en pasado, adelantándome supuestamente hasta la forma verbal en que escribiría los sucesos de hoy unos días después. Los capítulos son escritos semanalmente (en estos momentos más de 100) pero es obvio que no son completamente escritos en la fecha de cierre sino durante la semana que la ha precedido. Para evitar conflictos entre los tiempos verbales me he puesto de acuerdo conmigo mismo en relatarlo todo en pasado como si hubiera sucedido aunque lo esté escribiendo en el momento de suceder. Eso por lo que hace a la traslación de hechos a la grafía y expresar en tiempo presente todo aquello relativo a ideas, actualidad y estructura del país o conceptos vigentes. Resulta que cualquier cosa del ayer puede conectar con el ahora con lo cual obliga a cambiar de tiempo y al revés muchas de las cosas actuales recuerdan otras anteriores completamente caducas, lo cual también obliga a cambiar de tiempos al revés.
Escribir en pasado hechos del ahora mismo no es tan grave. Psicológicamente es posicionarse con ese criterio. Basta saber que todo, absolutamente todo se convierte en pasado, la única cuestión a saber es en cuanto tiempo es tomado como tal y en qué grado de antigüedad, lejanía y olvido se tiene.
JesúsRICART
 
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